Terror en el supermercado

CAT en barrio de la concepción

La sala de terapia es lo fácil: luz normal o tenue, silencio relativo, colchonetas y un profesional que sabe qué hacer (y que, admitámoslo, siempre tiene el pelo en su sitio). Pero después llega la realidad más real: el pasillo de los detergentes, las luces fluorescentes que parpadean, el pitido constante de las cajas, el olor a pescadería, cien personas con prisa y mucho más. Esto sí que es una «peli» de miedo: «Terror en el supermercado».

Para un niño con desafíos sensoriales, el supermercado no es una tienda, es una auténtica película de guerra. Por eso hoy vamos a prepararte un pequeño manual de supervivencia (o, mejor dicho, un conjunto de estrategias) para que la visita al súper —ese “ir a por leche y algo más”— no termine en colapso emocional y resulte mucho más llevadera.

Unos pequeños trucos para evitar las rabietas en el súper

Antes de salir de casa, revisa si llevas todo lo necesario: esas herramientas que van a “parar en seco” a los enemigos del supermercado. ¿Qué no puede faltar en el bolso de una mamá o un papá de un niño con desafíos sensoriales? ¡Vamos allá!

Unos cascos de cancelación de ruido son imprescindibles. La música, los carros, las conversaciones y los sonidos constantes pueden resultar realmente “dolorosos” para el niño. Es como intentar escuchar un podcast en medio de un concierto de heavy metal.

También puede ser muy buena idea llevar una pelota blandita antiestrés, un pequeño muñeco mullido o un spinner (un objeto realmente útil para la autorregulación). Tener algo entre las manos que proporcione presión o movimiento ayuda al niño a focalizar su energía. Además, así sus manos estarán ocupadas y quizá no intenten “reorganizar” el estante de las mermeladas de cristal.

Otro gran aliado puede ser un pañuelo o una tela con un olor familiar y agradable para él (si utilizas aceites esenciales, asegúrate antes de que realmente le gustan). En el pasillo de los frescos, la pescadería o la carnicería, los olores pueden resultar invasivos y muy difíciles de tolerar. Llevar consigo un olor “conocido y seguro” puede ayudar muchísimo.

También puede funcionar ofrecerle algún alimento “duro” de masticar: palitos de pan, manzana, coco o cualquier snack que requiera esfuerzo mandibular. La propiocepción en la mandíbula es uno de los reguladores más potentes. Masticar con fuerza es como enviarle un WhatsApp de “tranquilidad” directamente al cerebro.

Detectar la rabieta antes de tiempo

La mayoría de las rabietas en el súper no son caprichos: son desregulaciones. Y como conoces muy bien a tu hijo, seguramente eres capaz de identificar cuándo está a punto de desbordarse. Tu misión será intentar frenar ese desbordamiento cuanto antes.

Si aletea o se balancea (autorregulación), si se tapa las orejas (el ruido le está superando), si empieza a mostrar una mirada perdida o los ojos vidriosos (desconexión o shutdown: su cerebro ya no puede procesar más información) o, de repente, comienza a correr sin sentido (búsqueda de escape motriz), es momento de intervenir.

Algunas estrategias que pueden ayudarte:

  • Si no es un buen día, compra sólo lo imprescindible: tres cosas y fuera del súper. No pasa nada. Ya habrá tiempo de volver.
  • Dale pequeñas tareas: sujetar un paquete de macarrones, buscar etiquetas rojas o verdes o encontrar un producto concreto. Mantener su cerebro centrado en una tarea funcional ayuda a reducir el impacto de los estímulos sensoriales. ¡Conviértelo en el Capitán de los Espárragos!
  • Ante los primeros signos de desregulación, abandona el carro y sal. Ya volverás otro día. Más vale quedarse sin yogures que entrar en una batalla imposible. Tu bienestar y el del niño valen mucho más que una compra completa (tranquila, los yogures no te guardarán rencor). Además, siempre existe la opción de la compra “online”.

Cuando las miradas pesan más que la rabieta

Y sí, sabemos que a veces pesa mucho la mirada de los demás. Porque algunos miran, opinan e incluso cuestionan sin entender absolutamente nada de lo que está ocurriendo.

Cuando un niño grita, se tira al suelo, patalea o incluso se golpea, aparecen esos ojos curiosos que juzgan desde fuera. Y ahí duele. Mucho. Por eso también necesitas protegerte tú.

¿Cómo hacerlo? No entres en explicaciones. No discutas. No busques aprobación. Céntrate en tu hijo, mantente serena y segura, porque eso es exactamente lo que él necesita. Las personas que están alrededor no forman parte de la situación ni conocen vuestra realidad.

Y si alguien te mira mal… imagina que tiene un brócoli gigante saliéndole de la nariz. Mano de santo: pierden toda su autoridad moral al instante.

Y recuerda: si hoy solo has conseguido comprar una barra de pan y has salido del supermercado sin derrumbarte, ya has hecho muchísimo. La próxima semana quizá lleguéis hasta el pasillo de los congelados.

Paso a paso.