Autismo y procesamiento sensorial: ¿Por qué algunos estímulos se sienten demasiado y otros demasiado poco?

CAT en barrio de la concepción

Con este artículo iniciamos una serie en la que hablaremos sobre autismo y procesamiento sensorial, un tema que puede ayudarnos a comprender mejor muchas de las respuestas y conductas que vemos en nuestros hijos e hijas en el día a día. Queremos acercarnos a estas diferencias desde la comprensión, poniendo palabras a aquello que a veces cuesta entender y ofreciendo algunas claves que puedan acompañarnos en este camino.

Empezamos este recorrido con algunas preguntas que solemos hacernos cuando observamos una respuesta que nos resulta poco habitual:

  • ¿Por qué un niño se tapa los oídos ante un ruido que a nosotros apenas nos molesta?
  • ¿Por qué rechaza tocar la plastilina o caminar descalzo sobre la arena?
  • ¿Por qué busca continuamente saltar, girar o chocar con los objetos?
  • ¿Por qué determinados olores, sabores o prendas de ropa parecen resultarle insoportables?

Muchas de estas respuestas pueden estar relacionadas con diferencias en el procesamiento sensorial, un aspecto del desarrollo del que cada vez hablamos más cuando nos referimos al autismo.

Todos recibimos constantemente información de nuestro cuerpo y del entorno. Sin embargo, no todos percibimos, organizamos e interpretamos esa información de la misma manera.

Comprender esta idea puede ayudarnos a interpretar mejor algunas conductas de los niños con trastorno del espectro del autismo (TEA) que, observadas únicamente desde fuera, pueden resultar difíciles de entender.

¿Qué es el procesamiento sensorial?

Desde que nos despertamos, nuestro sistema nervioso recibe continuamente información.

Escuchamos sonidos, vemos luces y movimientos, sentimos la ropa sobre nuestra piel, percibimos olores y sabores, notamos la temperatura y recibimos información sobre la posición y el movimiento de nuestro propio cuerpo.

Toda esta información procede de nuestros sistemas sensoriales y nuestro cerebro debe organizarla e interpretarla para poder responder a lo que ocurre a nuestro alrededor y dentro de nuestro cuerpo.

Habitualmente pensamos en los cinco sentidos que todos conocemos: vista, oído, tacto, olfato y gusto. Pero nuestro cuerpo cuenta también con otros sistemas sensoriales fundamentales para desenvolvernos en la vida cotidiana:

  • El sistema vestibular, relacionado con el movimiento, el equilibrio y la posición de la cabeza respecto al espacio.
  • El sistema propioceptivo, que proporciona información sobre la posición y el movimiento de nuestro cuerpo y sobre la fuerza que empleamos al movernos.
  • El sistema interoceptivo, que nos permite percibir e interpretar señales que proceden del interior de nuestro cuerpo, como el hambre, la sed, la necesidad de ir al baño, la temperatura, el cansancio, el dolor, la respiración o los cambios en el ritmo cardíaco, entre otras.

Gracias a la interocepción, vamos aprendiendo a reconocer qué está ocurriendo dentro de nuestro propio cuerpo y a relacionar esas sensaciones con determinadas necesidades y estados.

Por ejemplo, podemos aprender a identificar que tenemos sed, que necesitamos ir al baño, que estamos cansados o que nuestro corazón late más deprisa cuando estamos nerviosos.

Nuestro cerebro recibe, organiza e interpreta toda esta información y, a partir de ella, genera respuestas que nos permiten desenvolvernos en las diferentes situaciones. Eso es, explicado de una forma sencilla, procesar la información sensorial.

Nuestro cerebro selecciona constantemente qué información atender

Imaginemos que estamos hablando con alguien en una cafetería.

Mientras mantenemos la conversación, escuchamos otras voces, suena música, pasan personas a nuestro lado, sentimos el respaldo de la silla, vemos movimiento a nuestro alrededor y percibimos diferentes olores.

A pesar de todo ello, normalmente somos capaces de dejar gran parte de esa información en un segundo plano y centrar nuestra atención en la persona que tenemos delante.

Necesitamos organizar y priorizar continuamente la información que recibimos para poder atender, aprender, comunicarnos y participar en las actividades cotidianas. Pero no todos los cerebros procesan la información sensorial de la misma manera.

¿Qué puede ocurrir en algunos niños con autismo?

En el autismo son frecuentes las diferencias en la forma de percibir y responder a determinados estímulos sensoriales. Esto significa que una sensación que para nosotros tiene una intensidad perfectamente tolerable puede experimentarse de una manera muy diferente por otro niño.

Por ejemplo:

  • Un sonido cotidiano puede resultarle especialmente molesto.
  • Una determinada textura puede provocarle un rechazo intenso.
  • El contacto inesperado de otra persona puede resultarle desagradable.

Pero también puede ocurrir lo contrario: que algunos estímulos se registren con menor intensidad o que el niño necesite una estimulación más intensa para percibirlos con claridad.

Por eso, podemos hablar de diferentes formas de respuesta sensorial.

Cuando un estímulo se siente «demasiado»

Algunos niños presentan una respuesta especialmente intensa ante determinados estímulos.

Pueden:

  • Taparse los oídos ante el secador, la aspiradora o el ruido de muchas personas hablando.
  • Rechazar determinadas prendas de ropa.
  • Evitar ensuciarse las manos.
  • Mostrar dificultades ante algunas texturas o alimentos.
  • Sentirse especialmente incómodos cuando alguien les toca de manera inesperada.

En estos casos podemos hablar de hiperrespuesta sensorial: determinados estímulos pueden experimentarse con una intensidad elevada y generar rechazo, malestar o una necesidad de evitarlos.

Cuando esto ocurre, es importante ser especialmente cuidadosos con nuestra interpretación.

  • Un niño que se niega a ponerse una determinada prenda quizá no está siendo caprichoso.
  • Un niño que no quiere tocar pintura con las manos quizá no está rechazando la actividad.
  • Un niño que evita un beso quizá no está rechazando el afecto de esa persona.

Puede estar intentando evitar una sensación que le resulta desagradable o difícil de tolerar.

Cuando un estímulo se siente «demasiado poco»

También puede suceder lo contrario. Algunos niños pueden registrar determinados estímulos con menor intensidad o necesitar experiencias más claras o intensas para responder a ellos.

Podemos hablar entonces de hiporrespuesta sensorial.

Puede observarse, por ejemplo, que:

  • Reaccionan poco ante determinados estímulos.
  • Parecen no darse cuenta fácilmente de algunas sensaciones.
  • Necesitan estímulos más intensos para registrarlos o responder a ellos.

Sin embargo, hiperrespuesta e hiporrespuesta no son categorías cerradas.

Un mismo niño puede responder intensamente a determinados estímulos y apenas reaccionar ante otros. Además, su respuesta puede variar dependiendo del momento, del entorno, del cansancio, de su estado emocional o de la cantidad de información que esté recibiendo.

La búsqueda sensorial

Existe otra manifestación especialmente importante: la búsqueda sensorial.

Algunos niños parecen necesitar determinadas experiencias sensoriales una y otra vez. Pueden buscar saltar, correr, girar, trepar, balancearse, empujar objetos, dejarse caer, tocar determinadas superficies o recibir presión sobre su cuerpo.

Las personas no reaccionamos igual ante los estímulos. Aquello que una persona busca y disfruta puede ser evitado por otra. Por eso, cuando un niño busca constantemente movimiento, no siempre debemos interpretarlo simplemente como que «no puede estar quieto». Puede existir una necesidad de obtener determinada información sensorial.

Esto no significa que toda conducta de movimiento tenga necesariamente un origen sensorial. Precisamente por eso es importante observar, conocer al niño y tratar de comprender qué puede estar comunicando o necesitando en cada situación. Antes de interpretar una conducta, debemos intentar comprender qué hay detrás de ella.

Cada persona, y cada niño, tiene su propia manera de percibir y responder a los estímulos. Por esto mismo, no existe un único perfil sensorial asociado al autismo. Un niño puede ser muy sensible al ruido y, al mismo tiempo, buscar intensamente el movimiento. Otro puede tolerar perfectamente los sonidos, pero rechazar determinadas texturas. Y otro puede necesitar tocar continuamente los objetos o buscar presión sobre su cuerpo.

Las diferencias sensoriales tampoco se limitan a lo que ocurre fuera del cuerpo. Algunos niños pueden presentar dificultades para identificar o interpretar determinadas señales internas. Por ejemplo, pueden tardar en reconocer que tienen hambre, sed, frío, calor, dolor o necesidad de ir al baño.

Por eso, no podemos generalizar: «Los niños con autismo no soportan el ruido», «no quieren que les toquen» o «necesitan moverse continuamente». Algunos sí, otros no, y precisamente por eso necesitamos observar al niño de manera individual.

Podemos preguntarnos:

  • ¿Qué estímulos busca?
  • ¿Cuáles evita?
  • ¿Ante cuáles parece reaccionar con especial intensidad?
  • ¿En qué situaciones ocurre?
  • ¿Cómo influye todo ello en su juego, alimentación, vestido, higiene, sueño, aprendizaje o relación con otras personas?

Cuando estas diferencias empiezan a dificultar de manera significativa su participación en las actividades cotidianas, es importante valorarlas y buscar estrategias que puedan favorecer su bienestar y participación.

Comprender antes de interpretar

Muchas veces los adultos interpretamos el comportamiento infantil desde nuestra propia forma de sentir.

  • Si el ruido no me molesta, me cuesta entender por qué él se tapa los oídos.
  • Si tocar arena no me resulta desagradable, puedo pensar que se niega a hacerlo porque no quiere participar.
  • Si yo puedo permanecer sentado durante un tiempo, quizá interprete su necesidad constante de movimiento simplemente como inquietud.

Pero nuestra experiencia sensorial no es necesariamente la suya. Comprender cómo percibe y procesa el niño la información que procede de su cuerpo y del entorno puede ayudarnos a entender mejor muchas de sus respuestas y, sobre todo, a evitar interpretarlas automáticamente como caprichos, rechazo o problemas de conducta. Antes de juzgar una conducta, merece la pena preguntarnos qué puede estar ocurriendo y qué necesita ese niño en ese momento.

Para terminar

Queremos cerrar esta primera entrada con una idea que nos parece especialmente importante:

Antes de preguntarnos por qué un niño reacciona de una determinada manera, debemos intentar comprender cómo está experimentando aquello ante lo que está reaccionando.

Conocer las diferencias en el procesamiento sensorial puede ayudarnos a mirar determinadas conductas desde otra perspectiva.

No se trata de justificar cualquier comportamiento, sino de comprender mejor para poder acompañar mejor.

En el siguiente artículo hablaremos de la sobrecarga sensorial: qué ocurre cuando la cantidad o intensidad de los estímulos llega a ser excesiva para el niño, cómo podemos reconocer algunas señales y qué podemos hacer para ayudarle cuando el entorno se vuelve demasiado complicado.

ConSentidos Delphos – Centro de Atención Temprana