Sobrecarga sensorial en el autismo: cuando los estímulos llegan a ser excesivos

CENTRO DE ATENCIÓN TEMPRANA EN CIUDAD LINEAL

En el artículo anterior hablamos de cómo nuestro cerebro recibe, organiza e interpreta continuamente la información que procede del entorno y de nuestro propio cuerpo, y vimos que no todos procesamos esa información de la misma manera. Pero, ¿qué ocurre cuando los estímulos son demasiados, demasiado intensos o se mantienen durante demasiado tiempo?

Imaginemos una situación aparentemente sencilla, una fiesta de cumpleaños: música, niños corriendo, conversaciones simultáneas, globos que explotan, luces, olores de comida, personas que se acercan, contacto físico inesperado, movimiento constante y, además, unas normas sociales que hay que comprender y seguir.

Para muchos niños será una situación divertida. Para otros niños, toda esa información puede llegar a ser demasiado difícil de procesar al mismo tiempo. Es entonces cuando podemos encontrarnos ante una sobrecarga sensorial.

¿Qué es una sobrecarga sensorial?

Hablamos de sobrecarga sensorial cuando la cantidad, intensidad o acumulación de estímulos supera la capacidad que tiene la persona en ese momento para procesarlos y responder de forma organizada.

No tiene que existir necesariamente un único estímulo especialmente intenso. En muchas ocasiones es la suma de pequeñas cosas la que termina desbordando al niño.

  • Un poco de ruido.
  • Muchas personas alrededor.
  • Una luz intensa.
  • Haber dormido mal.
  • Una ropa que resulta incómoda.
  • Un cambio que no esperaba.
  • Una actividad que exige mucha atención.

Y todo ocurre al mismo tiempo.

Podemos imaginarlo como un vaso que se va llenando. Cada estímulo añade un poco más y llega un momento en el que el vaso se desborda. En consecuencia, una situación que el niño toleró perfectamente ayer puede resultarle mucho más difícil hoy.

¿Cómo podemos reconocerla?

No todos los niños manifiestan una sobrecarga sensorial de la misma manera.

Algunos pueden empezar a mostrarse inquietos, aumentar sus movimientos repetitivos, taparse los oídos, cerrar los ojos, intentar abandonar el lugar, rechazar el contacto, llorar, gritar o mostrar una gran irritabilidad.

Otros pueden hacer justamente lo contrario: reducir su interacción, quedarse muy quietos, dejar de responder o aislarse de lo que ocurre a su alrededor.

Antes de llegar a una situación de desbordamiento suelen existir pequeñas señales. Y conocer al niño nos ayuda a identificarlas.

Quizá comienza a aletear con mayor intensidad, se tapa los oídos, busca constantemente la salida, se muestra más irritable, deja de participar, se aleja del grupo, busca un rincón concreto. Cuanto mejor conozcamos esas primeras señales, antes podremos actuar. No siempre estamos ante una rabieta

Por ejemplo, un niño empieza a gritar en un centro comercial, se tira al suelo, intenta salir, se tapa los oídos y rechaza que alguien se acerque y desde fuera se interpreta:

  • “Está teniendo una rabieta”
  • “Se está portando fatal”
  • “Lo hace porque quiere irse”

Pero lo más probable es que esté ocurriendo algo diferente. Puede haber llegado a un punto en el que ya no dispone de recursos suficientes para gestionar toda la información que está recibiendo, lo que no significa que cualquier rabieta o conducta difícil tenga un origen sensorial. Tampoco debemos atribuir automáticamente cualquier reacción intensa de un niño con TEA a una sobrecarga. Precisamente por eso necesitamos observar qué ha ocurrido antes y comprender el contexto.

¿Qué puede provocar una sobrecarga?

Los desencadenantes pueden ser muy diferentes dependiendo del perfil sensorial de cada niño. Puede influir el ruido, la iluminación, determinados olores, el contacto físico, la cantidad de personas, el movimiento, la temperatura o la combinación de varios estímulos.

Pero también hay otros factores: El cansancio, el hambre, el estrés, una situación nueva, la dificultad para anticipar lo que va a ocurrir o un día especialmente exigente pueden disminuir la capacidad del niño para gestionar los estímulos.

Por eso debemos mirar la situación en su conjunto. A veces el último ruido, la última petición o el último cambio parecen ser los responsables de la reacción, cuando en realidad solo han sido el último estímulo de una acumulación que llevaba produciéndose durante horas.

¿Podemos prevenir una sobrecarga sensorial?

Sí, podemos prevenirla, pero no siempre podremos evitarla. Conocer el perfil sensorial del niño nos permitirá anticiparnos a muchas de las situaciones. Así mismo, anticiparnos a los entornos especialmente difíciles, reducir determinados estímulos y prever o disponer de espacios tranquilos en los que la persona pueda recuperarse.

Antes de acudir a un lugar que sabemos que puede resultar complicado debemos valorar:

  • ¿Podemos anticiparle dónde vamos y qué va a ocurrir?
  • ¿Sabemos qué estímulos suelen resultarle especialmente difíciles?
  • ¿Existe algún lugar más tranquilo al que pueda retirarse si lo necesita?
  • ¿Podemos reducir el tiempo de permanencia?
  • ¿Necesita algún recurso que habitualmente le ayude a regularse?
  • ¿Podemos detectar sus primeras señales de saturación antes de que llegue al límite?

Anticipar no significa evitar todas las experiencias difíciles. Significa proporcionar al niño mejores condiciones para poder participar en ellas.

¿Qué hacemos cuando el niño ya está desbordado?

Cuando la sobrecarga ya se ha producido, probablemente no sea el mejor momento para explicar, razonar, corregir una conducta o exigir al niño que continúe con la actividad. En ese momento nuestra prioridad debe ser reducir la cantidad de información y de demandas que tiene que gestionar.

Puede ser útil disminuir el ruido y la estimulación visual cuando sea posible, alejarse del lugar, respetar su espacio personal, hablar poco y con mensajes sencillos y darle tiempo.

Especialmente importante es tener presente que no todos los niños se regulan de la misma manera: algunos buscarán movimiento, otros necesitarán quietud, algunos tolerarán el contacto y otros necesitarán que nadie les toque.

Por eso las estrategias deben partir siempre del conocimiento individual del niño.

Cuando todo ha pasado tenemos una oportunidad muy valiosa para reflexionar y aprender. No se trata de buscar culpables ni de analizar cada episodio hasta el último detalle, sino de utilizar esa información para conocer cada vez mejor al niño y anticiparnos cuando sea posible.

  • ¿Qué estaba ocurriendo?
  • ¿Qué señales aparecieron primero?
  • ¿Qué estímulos pudieron acumularse?
  • ¿Qué hicimos que pareciera ayudarle?
  • ¿Qué podríamos modificar la próxima vez?

En ocasiones descubriremos patrones muy claros: ocurre especialmente en lugares cerrados y ruidosos, al final del día, después de actividades muy exigentes o cuando se producen varios cambios consecutivos, pero en otras ocasiones no seremos capaces de descubrir qué ha pasado.

Adaptar no significa sobreproteger.

Existe cierto temor a que realizar esas necesarias adaptaciones provoque que el niño “se acostumbre” y cada vez tolere menos, pero adaptar el entorno no significa eliminar cualquier dificultad de su vida.

Adaptar el entorno significa evitar que tenga que enfrentarse constantemente a situaciones que superan sus posibilidades actuales y, al mismo tiempo, proporcionarle herramientas para que progresivamente pueda desenvolverse en un mayor número de situaciones.

No buscamos construir un mundo sin ruidos, luces, personas o cambios, buscamos que el niño pueda participar en su entorno con el mayor bienestar y autonomía posibles.

Cuando la sobrecarga interfiere en la vida cotidiana

Si las dificultades sensoriales condicionan de forma importante actividades como comer, vestirse, asearse, dormir, acudir a la escuela, jugar, participar en actividades familiares o relacionarse con otras personas, debemos prestarles especial atención.

Desde la Atención Temprana podemos valorar cómo está procesando el niño la información sensorial y, sobre todo, cómo esas características están repercutiendo en su participación y autonomía cotidiana.

La Terapia Ocupacional tiene aquí un papel especialmente relevante, siempre dentro de una intervención coordinada con la familia y el resto de los profesionales que conocen al niño.

Para terminar

Finalizamos esta entrada recordando que una sobrecarga sensorial no debe entenderse únicamente por la conducta que aparece al final del proceso. Antes del grito, del llanto, de taparse los oídos, de intentar escapar o de aislarse puede haber existido una acumulación de estímulos que el niño llevaba tiempo intentando gestionar.

Por eso, además de preguntarnos “¿qué está haciendo?”, debemos aprender a preguntarnos: ¿Qué está ocurriendo a su alrededor y qué puede estar sintiendo?

Comprenderlo nos permite anticiparnos, ajustar el entorno cuando sea necesario y proporcionar al niño recursos que le ayuden progresivamente a reconocer y gestionar mejor aquellas situaciones que le resultan especialmente difíciles.

Porque muchas veces la mejor intervención comienza en la prevención, esto es, actuar antes de que pueda ocurrir.

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