Prevención del suicidio: cuando la duda es motivo suficiente para consultar

atención temprana en ciudad lineal

Hoy, Día Mundial para la Prevención del Suicidio, queremos hablar de la importancia de cuidar la salud mental y, sobre todo, de la prevención. Toda sospecha merece ser atendida, toda duda merece ser consultada y ninguna señal preocupante debe minimizarse. La prevención empieza muchas veces antes de tener certezas.

La prevención del suicidio no comienza cuando sabemos con certeza que una persona está pensando en quitarse la vida. Comienza mucho antes.

Comienza cuando una madre piensa: «No sé qué le pasa, pero no le veo bien»; cuando un padre percibe que su hijo ha cambiado; cuando alguien de la familia escucha una frase que le inquieta y después intenta convencerse de que quizá no sea para tanto.

Puede comenzar cuando aparecen aislamiento, desesperanza, cambios importantes de conducta, abandono de actividades, alteraciones llamativas del sueño, expresiones relacionadas con desaparecer, morir o dejar de ser una carga, despedidas poco habituales o cualquier comportamiento que resulte difícil de explicar. Pero también cuando no sabemos exactamente qué estamos viendo, pero algo nos preocupa. Ese momento de duda ya puede ser un momento de prevención.

No necesitamos estar seguros para pedir ayuda.

Las familias no tienen que diagnosticar. Tampoco tienen que determinar si una frase es «una llamada de atención», si existe realmente intención suicida o si el comportamiento de su hijo responde a un momento pasajero. Esa valoración corresponde a profesionales cualificados.

A la familia le corresponde algo mucho más importante: no ignorar aquello que le preocupa.

Ante una posible conducta suicida, resulta preferible consultar y comprobar que no existe un riesgo inmediato que restar importancia a una señal que necesitaba ser valorada.

Preguntar también es prevenir

Preguntar no provoca el suicidio. Hablar de ello no introduce una idea que antes no existía. Poder preguntar de forma directa, tranquila y sin juicios puede abrir precisamente el espacio que esa persona necesita para contar lo que está viviendo.

Por eso, conviene evitar las frases que pueden tranquilizar al adulto, pero no necesariamente ayudan a la persona que está sufriendo:

  • «Lo dice porque está enfadado».
  • «Quiere llamar la atención».
  • «Tiene de todo, no tiene motivos para estar así».
  • «Son cosas de adolescentes».
  • «Mañana se le habrá pasado».
  • «Nunca sería capaz de hacerlo».

El problema de estas frases no está solamente en que puedan ser equivocadas, está en que pueden cerrar demasiado pronto una pregunta que todavía necesitaba respuesta.

Incluso una conducta que busca llamar la atención está comunicando algo. La cuestión no debería ser ¿lo dice de verdad?, sino: ¿Qué está ocurriendo para que necesite decir esto? Y, ante la duda, preguntar, escuchar y consultar.

Podemos preguntar directamente: «¿Has pensado en hacerte daño?», «¿Has pensado que preferirías no estar aquí?» o «¿Has pensado en suicidarte?».

Después, es importante escuchar la respuesta sin escandalizarse, discutir, culpabilizar ni intentar solucionar inmediatamente todo lo que nos cuenta. Y, ante la preocupación, consultar.

No necesitáis tener la certeza para actuar.

  • Si algo os preocupa, preguntad.
  • Si una respuesta os inquieta, escuchad.
  • Si tenéis dudas, consultad.

Porque prevenir también es proteger.