Cuando hablamos de autismo, solemos pensar rápidamente en el lenguaje, la comunicación o determinadas conductas. Sin embargo, existe otra dimensión fundamental en el desarrollo del niño: la manera en la que comprende a los demás, se relaciona con ellos y aprende a desenvolverse en las situaciones sociales de la vida cotidiana.
Saludar cuando llegamos a un lugar, pedir ayuda, esperar un turno, acercarnos a otro niño para jugar, interpretar una expresión facial, comprender que alguien está enfadado, mantener una conversación o saber qué hacer cuando surge un conflicto son aprendizajes enormemente complejos.
La mayoría de nosotros los adquirimos de manera bastante espontánea, observando, imitando y participando en cientos de pequeñas situaciones desde los primeros años de vida. Sin embargo, para algunos niños con Trastorno del Espectro del Autismo (TEA), comprender estas reglas sociales implícitas puede resultar mucho más difícil y muchas veces no se trata de que el niño no quiera relacionarse, sino de que puede necesitar ayuda para comprender una situación social, anticipar qué se espera de él o encontrar una forma adecuada de participar.
Las habilidades sociales empiezan mucho antes de saber hablar y conversar.

En Atención Temprana no pensamos en las habilidades sociales únicamente como aprender a saludar, presentarse o mantener una conversación.
Un bebé que busca al adulto para compartir algo que le interesa, un niño que espera brevemente su turno durante un juego, que mira qué está haciendo otro pequeño, que acepta progresivamente compartir un espacio de juego o que aprende a pedir ayuda está construyendo las bases de su desarrollo social.
Por eso, durante los primeros años de vida del niño se trabajan diferentes habilidades que se pueden organizar en cinco grandes ámbitos: interacción social básica, establecimiento de relaciones, conversación, emociones y resolución de problemas interpersonales. Entre otras, capacidades como:
- La atención hacia las personas y hacia lo que ocurre alrededor.
- La comunicación funcional.
- La imitación.
- El juego compartido.
- La comprensión y expresión de emociones.
- La espera y los turnos.
- La flexibilidad ante pequeños cambios.
- La capacidad para iniciar y mantener interacciones.
- Progresivamente, la resolución de situaciones sociales sencillas.
¿Cómo se manifiestan las dificultades sociales en un niño con autismo?
De muchas maneras, no existe una única.
- Un niño puede tener lenguaje y, sin embargo, encontrar dificultades para mantener una conversación recíproca.
- Otro puede querer acercarse a los demás, pero hacerlo de una forma que sus compañeros no comprenden.
- Algunos participan mejor con adultos que con niños de su edad y otros necesitan mucha estructura para desenvolverse dentro de un grupo.

También podemos encontrarnos con niños que:
- Hablan extensamente sobre un tema que les interesa sin percibir cuándo el interlocutor quiere intervenir.
- Tienen dificultades para interpretar determinados gestos, expresiones o tonos de voz.
- Comprenden de manera muy literal algunas expresiones.
- No saben cómo incorporarse al juego que ya han iniciado otros niños.
- Se frustran cuando el juego no sucede como habían previsto.
- Encuentran difícil esperar, negociar o aceptar propuestas diferentes.
- Necesitan ayuda para identificar qué sienten ellos mismos y qué pueden estar sintiendo los demás.
Por tanto, tener lenguaje no significa necesariamente disponer de todas las herramientas que pueden facilitar la participación y el desenvolvimiento en situaciones sociales. El objetivo no debería ser enseñar al niño a “parecer social” ni conseguir que reproduzca un repertorio de conductas sociales aprendidas de memoria. Se trata de favorecer que pueda comunicarse, comprender y participar en las relaciones con los demás de una manera que tenga sentido para él, respetando sus características, sus necesidades y su propia forma de relacionarse. No todos los niños tienen que relacionarse de la misma manera ni mostrar las habilidades sociales de una única forma.
Habilidades con sentido.
Trabajamos para que el niño vaya adquiriendo las herramientas que le permitan comprender mejor su entorno, comunicar lo que necesita, participar en él con mayor autonomía y establecer relaciones significativas y por eso no se trabaja una habilidad porque “a determinada edad hay que hacerla”, sino porque tiene una función muy importante y necesaria en la vida del niño:
- Aprender a pedir ayuda tiene sentido porque le proporciona autonomía.
- Aprender a esperar un turno tiene sentido porque le permite participar en un juego.
- Aprender a reconocer que otro niño está molesto puede ayudarle a comprender lo que acaba de ocurrir.
- Aprender a decir “no quiero” o “déjame” también es una habilidad social.
- Aprender a resolver un pequeño conflicto puede evitar que la única respuesta disponible ante una situación difícil sea llorar, retirarse o enfadarse.
¿Cómo trabajamos las habilidades sociales en Atención Temprana?
Se hace con diferentes estrategias, entre ellas la estructuración visual, los pictogramas, el modelado, los juegos de rol, la comunicación funcional, la práctica del juego y en ConSentidos Delphos vamos un paso más: la habilidad social se debe poder trasladar a la vida cotidiana.

Se trabaja una situación dentro de una sesión terapéutica, pero el verdadero objetivo es que ese aprendizaje vaya apareciendo progresivamente en casa, en la escuela infantil o colegio, en el parque, con sus hermanos, durante una celebración familiar o jugando con otros niños y para ello utilizamos el juego, el modelado del adulto, apoyos visuales, historias sociales, anticipación, actividades compartidas, situaciones simuladas y, especialmente, situaciones naturales en las que esa habilidad tenga sentido para el niño.
La familia como contexto de aprendizaje
No todos necesitarán las mismas estrategias ni aprenderán de la misma manera. La familia no sólo forma parte de la intervención si no que es el elemento fundamental en la misma ya que es en ese entorno o en los otros habituales del niño donde este encuentra las oportunidades sociales fuera de la sala de terapia cuya riqueza y valor es enorme.
Vestirse por la mañana, desayunar juntos, ir al supermercado, bajar al parque, visitar a los abuelos, jugar con un hermano o celebrar un cumpleaños pueden convertirse en escenarios de aprendizaje pero esto no significa convertir la vida familiar en una sesión terapéutica permanente, lo que hay que hacer es ayudar a las familias a reconocer las oportunidades que ya existen en sus rutinas y proporcionarles estrategias sencillas para favorecer determinados aprendizajes sin perder la naturalidad de la relación.

Objetivos con sentido y a medida
A veces una pequeña modificación del entorno, anticipar lo que va a ocurrir, darle algo más de tiempo para responder o enseñarle explícitamente una alternativa puede cambiar considerablemente una situación porque cada niño necesita su propio punto de partida y no se puede aplicar la misma técnica a dos niños con diagnóstico de TEA, de la misma edad porque es seguro que presentarán necesidades sociales completamente diferentes.
Es necesario que antes de decidir qué debemos enseñar, necesitamos conocer y saber qué comprende el niño, cómo se comunica, qué situaciones le resultan difíciles, cuáles son sus fortalezas, qué le interesa y qué necesita para desenvolverse mejor en su día a día y a partir de ahí podremos establecer los objetivos funcionales y alcanzables junto a su familia.

Para terminar…
Finalizamos esta entrada recordando que desarrollar habilidades sociales no consiste en enseñar al niño una lista de normas, sino en proporcionarle herramientas que le permitan comprender mejor a los demás, hacerse comprender, participar, elegir, relacionarse y desenvolverse con mayor seguridad y autonomía en los diferentes entornos de su vida. Y ese es, precisamente, uno de los grandes objetivos de la Atención Temprana.
ConSentidos Delphos – Centro de Atención Temprana

