La adolescencia transforma la vida de cualquier familia, pero cuando existen dificultades añadidas, surgen nuevos retos que es importante comprender.
En nuestro artículo anterior hablábamos de una etapa que transforma profundamente la vida familiar. El niño que buscaba constantemente a sus padres comienza a reclamar independencia. Cambian sus intereses, su manera de comunicarse, la relación con los amigos, la importancia que concede a nuestra opinión y también la forma en la que expresa lo que siente.
Todo esto puede resultar difícil incluso cuando el desarrollo ha seguido un curso esperado. Pero muchas familias llegan a la adolescencia con una preocupación añadida:

«Si hasta ahora determinadas situaciones ya eran difíciles, ¿qué va a ocurrir durante la adolescencia?».
Es una pregunta frecuente cuando existe un diagnóstico de trastorno del espectro del autismo (TEA), TDAH, discapacidad intelectual, dificultades importantes del lenguaje u otras condiciones del neurodesarrollo.
Y es una preocupación comprensible.
No debemos pensar que necesariamente todo va a ir peor, pero tampoco sería realista ignorar que la adolescencia introduce nuevas exigencias, precisamente en áreas que para algunos chicos y chicas ya resultaban complejas durante la infancia.
La adolescencia llega para todos
Tener un diagnóstico no detiene el desarrollo. Durante la adolescencia se producen cambios importantes:
- El cuerpo cambia y aparece o aumenta el interés sexual.
- Crece el deseo de autonomía y de intimidad.
- Los amigos adquieren una importancia diferente.
- Las relaciones sociales se vuelven más complejas.
- Las normas entre iguales son menos explícitas.
- Aumentan las exigencias académicas.
- Los adultos empiezan a esperar comportamientos cada vez más maduros.
Los padres lo saben: su hijo ya no es un niño. Pero también saben que algunas de sus capacidades pueden necesitar más tiempo para desarrollarse.
Y ahí encontramos uno de los primeros grandes retos: la edad cronológica avanza, pero las habilidades necesarias para responder a lo que el entorno espera no siempre lo hacen al mismo ritmo.
Un adolescente puede tener 15 años, experimentar los cambios físicos y los deseos propios de esa edad y, al mismo tiempo, presentar dificultades para interpretar determinadas situaciones sociales, anticipar consecuencias, controlar impulsos, comunicar lo que le sucede o comprender las intenciones de otras personas.
Por eso necesitamos aprender a mirar la adolescencia desde diferentes dimensiones y no únicamente desde la edad.

«No sabemos si lo hace por la adolescencia o por su diagnóstico»
Esta es probablemente una de las dudas que más desconciertan a las familias.
Un adolescente con TEA puede comenzar a encerrarse más en su habitación. Uno con TDAH puede mostrarse más impulsivo. Otro puede cuestionar constantemente las normas. También puede aumentar la irritabilidad, disminuir la comunicación con los padres o aparecer una preocupación intensa por pertenecer al grupo.
Y entonces surge la pregunta: ¿esto forma parte de la adolescencia o está relacionado con sus dificultades?
No existe una única respuesta. Es posible que estén ocurriendo varias cosas al mismo tiempo:
- Está creciendo y atravesando cambios físicos y emocionales.
- Su entorno le exige más.
- Sus compañeros también están cambiando.
- Las relaciones sociales son más complejas.
- Las características propias de su diagnóstico continúan presentes.
Por eso resulta poco útil explicarlo todo desde un único lugar: «Es el autismo», «es el TDAH», «son las hormonas» o «es la edad».
Cada explicación puede contener una parte de verdad, pero ninguna debería impedirnos hacernos una pregunta mucho más importante: ¿Qué está ocurriendo realmente y qué nos está queriendo decir esta conducta en este momento?
Comprender lo que sucede nos permitirá decidir qué apoyos necesita y cómo podemos acompañarlo.

Cuando el mundo social se vuelve más complejo
Durante la infancia, las relaciones sociales suelen estar bastante estructuradas: jugamos juntos, somos amigos, nos sentamos al lado o te invito a mi cumpleaños.
Durante la adolescencia aparecen códigos sociales mucho más difíciles de interpretar:
- La ironía, el doble sentido y las indirectas.
- Las bromas y los secretos.
- La pertenencia a un grupo.
- Las primeras relaciones sentimentales.
- El rechazo y la presión de los iguales.
- Las redes sociales.
- La necesidad de distinguir cuándo alguien está siendo amable y cuándo puede estar aprovechándose de nosotros.
Para un adolescente con dificultades en la comprensión social, este nuevo escenario puede resultar especialmente complicado. Puede aparecer una situación dolorosa tanto para él como para su familia: querer pertenecer al grupo y no saber muy bien cómo conseguirlo.

Ese deseo puede llevarle a imitar determinadas conductas, aceptar situaciones que no comprende, tolerar bromas que le hacen daño o acceder a peticiones simplemente para sentirse incluido.
Por eso, trabajar las habilidades sociales durante la adolescencia debe ir mucho más allá de enseñar fórmulas para iniciar una conversación. También hay que abordar situaciones reales y cotidianas:
- Qué significa ser amigo y cómo reconocer una relación saludable.
- Qué diferencia hay entre reírse con alguien y reírse de alguien.
- Qué información personal podemos compartir.
- Qué podemos enviar por el móvil y qué imágenes debemos mantener privadas.
- Qué hacer si alguien nos pide que guardemos un secreto que nos incomoda.
- Cómo decir que no.
- Cómo reconocer cuándo una relación no nos está haciendo bien.
No basta con explicar estas situaciones una sola vez. En función de las necesidades de cada adolescente, puede ser necesario trabajarlas de forma explícita, practicar diferentes respuestas y revisar juntos situaciones que haya vivido.
El objetivo no es que aprenda a encajar a cualquier precio, sino que pueda relacionarse con los demás sin dejar de respetarse y protegerse a sí mismo.

La autonomía no aparece de repente a los 18 años
Durante años, muchas familias han hecho un esfuerzo enorme para facilitar la vida cotidiana de sus hijos. Han tenido que recordar, organizar, anticipar, supervisar, resolver, explicar y preparar lo que iba a ocurrir.
Y muchas veces no lo han hecho por exceso de protección, sino porque su hijo realmente necesitaba esa ayuda.
Por eso, cuando llega la adolescencia, retirar apoyos puede producir miedo. Si durante años hemos comprobado que anticiparnos evitaba un problema, que supervisar proporcionaba seguridad o que intervenir ayudaba a nuestro hijo a salir adelante, es lógico que nos cueste dejar de hacerlo.
Sin embargo, crecer también supone ir descubriendo qué puede empezar a hacer por sí mismo.
No se trata de retirar los apoyos de repente ni de exigir una autonomía para la que todavía no está preparado. Se trata de revisarlos y ajustarlos a medida que aparecen nuevas capacidades.
Podemos empezar por objetivos cotidianos y concretos:
- Prepararse algo sencillo para comer.
- Manejar pequeñas cantidades de dinero.
- Cuidar sus pertenencias y organizar una mochila.
- Utilizar el transporte cuando sus capacidades lo permitan.
- Saber pedir ayuda.
- Recordar determinadas obligaciones.
- Realizar pequeñas compras.
- Aprender a gestionar progresivamente su tiempo.
- Cuidar su higiene.
- Tomar decisiones sencillas.
Cada adolescente tendrá un punto de partida diferente. No necesitamos compararlo con los demás.
Quizá la pregunta más útil sea esta: ¿Qué cosas seguimos haciendo por él que, con el apoyo adecuado, podría empezar a aprender a hacer por sí mismo?
La respuesta no siempre será sencilla. Algunas habilidades requerirán más tiempo, enseñanza o supervisión. Otras podrán adquirirse poco a poco si ofrecemos oportunidades para practicarlas.
Lo importante es no confundir necesitar ayuda con no poder aprender.
Apoyar sin dejar de creer en sus posibilidades
La adolescencia nos obliga a revisar nuestra manera de entender a nuestros hijos. Siguen necesitando apoyo, pero también necesitan oportunidades para probar, decidir, aprender y equivocarse dentro de unos márgenes seguros.
No se trata de comparar su desarrollo con el de otros adolescentes ni de exigirles que hagan lo mismo que sus compañeros. Se trata de identificar sus capacidades reales, reconocer sus dificultades y ofrecerles las condiciones necesarias para seguir avanzando.

En ConSentidos Delphos creemos que comprender esta etapa es el primer paso para superarla mejor. Cuando conocemos las nuevas demandas que afronta un adolescente, podemos anticiparnos, ajustar los apoyos y trabajar objetivos que tengan sentido para su vida cotidiana.
En la segunda parte abordaremos otros retos fundamentales: los cambios corporales, la sexualidad y la intimidad, el equilibrio entre protección y autonomía, las conductas que pueden expresar malestar y la preparación progresiva para la vida adulta.
Porque crecer puede requerir más tiempo, más enseñanza y más apoyos, pero sigue significando crecer.

