Equilibrio emocional en la infancia: Acompañar sin sobreproteger para crecer con seguridad

CAT en barrio de la concepción madrid

Los niños deben vivir una variedad de emociones, tanto agradables como desagradables, ya que ambas son necesarias para su desarrollo; sin embargo, conviene que las positivas sean más frecuentes.

¿Qué es la emoción?

Según Bisquerra (2012), las emociones son el motor que nos permite estar en una constante interacción con el entorno que nos rodea y con nosotros mismos, manteniéndonos activos y en estado de alerta para identificar lo que es importante para nuestra supervivencia.

La RAE define “emoción” como:

  1. Alteración intensa y pasajera del ánimo, agradable o penosa, que va acompañada de cierta conmoción somática.
  2. Interés expectante con el que se participa en algo que está ocurriendo.

Cuando un niño recibe afecto y experimenta emociones como la alegría, el amor o la confianza, siente seguridad y desarrolla la capacidad de afrontar dificultades con mayor equilibrio. Un niño que se siente querido, generalmente, será un niño con confianza en sí mismo y con impulso para superarse.

¿Qué ocurre cuando existe sobreprotección?

Cuando las personas adultas proporcionan demasiado afecto o cuidado, aparece la hiperprotección. Ésta genera inseguridad, sensibilidad extrema, baja tolerancia a la frustración y dificultad para afrontar situaciones que resulten desagradables.

El niño sobreprotegido puede vivir una infancia cómoda, pero estará menos preparado para manejar desilusiones o resolver problemas por sí mismo. Esto se traduce en:

  • Mayor vulnerabilidad ante las dificultades
  • Ansiedad
  • Escasa resiliencia
  • Dependencia emocional del adulto

Permitir que los niños vivan también emociones desagradables de forma acompañada es esencial para que desarrollen herramientas de vida.

Las emociones son propias de cada etapa de la vida

Las emociones forman parte de un proceso de aprendizaje continuo. Se construyen a través de la experiencia, el reconocimiento de lo que sentimos y la manera en que lo expresamos, y este proceso es diferente en cada etapa de la vida.

Por eso, las emociones de los niños no pueden compararse con las de los adolescentes o los adultos. Su manera de sentir y reaccionar es propia de su momento de desarrollo.

A veces, cuando los adultos desconocen este desarrollo emocional infantil, pueden sentirse desbordados ante ciertas conductas. Esto puede generar frustración o agotamiento porque no comprenden que esas reacciones no son “caprichos”, sino la expresión natural de un cerebro aún inmaduro.

El desarrollo emocional está directamente ligado a la maduración cerebral, que se produce de atrás hacia adelante. La parte frontal del cerebro —responsable del control, la reflexión y la regulación emocional— es la última en madurar. Por eso, los niños sienten con mucha intensidad, pero aún no cuentan con las herramientas necesarias para gestionar lo que les ocurre por dentro.

Seguiremos hablando de las emociones en la siguiente entrada de este blog: «El Desarrollo Emocional en la Primera Infancia: Cómo sienten, expresan y aprenden a reconocer los niños sus emociones«.